Brasilia

Siempre me ha gustado la frase de “estuve allí por trabajo”, te da un toque interesante aunque tu trabajo no lo sea. Y eso de que las empresas paguen algo en vez de recortar el sueldo, deberte las nóminas, quitarte beneficios sociales y amargarte un poco la existencia… eso sí que mola. Hace un año veía muy lejos eso de viajar por trabajo, pero finalmente he podido incluir esta nueva frase en mi vocabulario de postureo.

Destino: Brasilia. Avión desde el aeropuerto de Congonhas (cuando vives en São Paulo y te sale un vuelo desde allí parece que el viaje será mejor sólo por ahorrarte el tráfico y el trayecto eterno hasta el aeropuerto de Guarulhos), hotel en la ciudad (de categoría, eh? que es un viaje de trabajo) y la oportunidad de conocer una nueva oficina y a esa gente con la que sólo has hablado por teléfono.

Lo primero que me extrañó de la ciudad fueron las direcciones, ¿cómo que Google Maps no encuentra mi hotel? Luego te das cuenta de que la ciudad está dividida en sectores, trechos, cuadras, asas y otras rarezas que para la gente acostumbrada a que las calles tengan nombres es toda una aventura. Después de un par de días allí, te das cuenta de que en realidad tiene cierta lógica, pero que igual a los arquitectos se les fue un poco de las manos.

Lo segundo que me llamó la atención fue el espacio, las medianas con césped  árboles, poder ver algo más que edificios a todos lados. Si en São Paulo te mueves durante las 24 horas del día entre torres y construcciones varias, en Brasilia ves llanuras, descampados, el lago. Pero es un espacio que no puede utilizar para casi nada, porque la ciudad está pensada para los coches, la gente no camina en Brasilia, no se puede pasear de un punto a otro, primero porque no hay aceras y, segundo, porque las distancias son enormes. Asique eso me dio la oportunidad de conocer al muchos taxistas en el trayecto desde el Setor Hoteis Turismo Norte (SHTN) hasta el Setor de Embaixadas Sul (SES).

La sensación de inseguridad en la nueva oficina se pasó enseguida y traté de que mi desplazamiento valiera la pena, pero no sé las veces que pensé “ya la he liado” avala mucho mi objetivo. Finalmente el viernes conseguí un balance positivo de haber arreglado más cosas de las que se estropearon en mi presencia, por lo que decidí permitirme disfrutar de un fin de semana de turisteo.

Imagen        Gracias a mi fantástico guía y anfitrión visité el Museo Nacional [tenía una interesante exposición sobre la historia de las olimpiadas y una colección de fotos de paradas de autobús que me encantó]; la Catedral Metropolitana [yo soy de arquitectura tradicional, pero esas vidrieras y esa luz hay que verlas]; la Praça dos Tres Poderes; el Palacio de Itamaraty; la Torre de TV [es una pena que no se pudiera subir para ver las vistas] y el Mercado [buenos sucos, muebles, souvenirs, joyas, hamacas, cuero, etc. un buen lugar para pasar la mañana del domingo]; Ponte JK y el Pontão do Lago Sul [buen ambiente y un bonito paseo para hacer mientras atardece, si llega a ser el mar en vez de un lago la felicidad sería completa]. Por cierto, es muy interesante el recorrido gratuito por dentro del Congreso y el Senado, ves las dos cámaras y el interior de una de las obras más conocidas de Niemeyer y te explican cómo funciona la maquinaria política de Brasil.

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Y todo esto aderezado con una fiesta en la Embajada Americana, una cena en uno de los restaurantes con más historia de Brasilia, el Beirute (buenísima los platos árabes), una caipirinha en un bar que se llama Loca como tu Madre en honor a las locuras de Almodóvar, una vuelta a casa con muchas risas después de pasar la madrugada en un club (no voy a opinar de la música), cervezas en el bar de los Simpson y una comida de despedida de domingo abundante al estilo brasileño.

 

Más información de la ciudad:

Medio siglo de la capital de Brasil

Brasilia, una capital utópica construida en pleno desierto

Galería de imágenes de la construcción de Brasilia

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Chapada Diamantina

Una de las principales razones para visitar Bahía, aunque en realidad no nos hacía falta ninguna, era visitar la Chapada Diamantina. El enorme parque natural de 1520km2 tiene tantas rutas, paseos y paisajes que lo difícil es decidir qué quieres ver. Como nuestro tiempo era limitado, sólo teníamos tres días la selección se reducía a rutas cortas que permitiesen entrada de coche lo más cerca posible.

Llegamos al encantados pueblo de Lençois después de un interminable viaje de 10 horas de bus desde Salvador. Era Viernes Santo y las carreteras bahianas no dan para más, asique nos comimos atascos kilométricos y visitas a áreas de servicio de dudosa salubridad. El primer día no pudimos hacer ninguna ruta pero por lo menos disfrutamos de una cena maravillosa en la terraza del Cozinha Aberta, slow food al más puro estilo brasileño, ¡buenísima! Por la celebración de la Pascua, el pueblo estaba de fiesta, asique todas las noches pudimos disfrutar de las terrazas que abarrotaban cada placita y calle, proyecciones de cine (¿sabes cuando en Semana Santa pasa todas las películas bíblicas desde los años 50? pues más o menos lo mismo, pero en pantalla grande y para todo el pueblo), música en directo y caipirinhas de sabores.

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El primer circuito que hicimos nos llevó a la Cachoeira do Diabo, 20 metros de caída de agua con un pozo donde bañarte y unas vistas preciosas antes de llegar. Forma parte de los diferentes pozos del río Mucugezhinho, que un poco antes tiene también otros lugares para darse un chapuzón. De allí, directos a Pratinha, río y grutas para hacer un poco de todo, desde bañarte, coger un kayak, hacer snorkel o lanzarte en tirolina al agua. Me quedé con pena de no haber buceado en la gruta pero, cómo no, había una cola considerable y era escoger entre eso o las vistas del parque desde Morro do Pai Inácio, asique ganó la segunda opción casi in extremis. Para poder ver atardecer desde la cima la subida saltando de piedra en piedra cual cabras montesas la hicimos en tiempo récord y con riesgo de lesión o despeñamiento, pero al final mereció mucho la pena. Eso sí, ver ponerse el sol rojo a mil y pico metros de altura tiene su precio y la bajada por esas rocas en plena noche fue una experiencia… interesante.

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El segundo día y con algunas que otras agujetas en las rodillas teníamos planeado ver el Poço Azul y el Poço Encantado. Al final se nos torció un poco el plan, porque al ser domingo de Pascua había muchísima gente, los turnos son de solamente 15 personas y las colas eran infinitas. Después de dos horas de coche llegamos al Poço Encantado y después de otras 3 horas de espera conseguimos bajar a la cueva. Precioso ver la luz entrando por la montaña y reflejada en el agua. Después de ascender por la escalera infernal de vuelta a la superficie y con la desilusión de no poder ver el Poço Azul, nos dirigimos a una nueva cachoeira para por lo menos darnos el último baño en el parque. (foto de la web de Chapada, mi cámara no es tan buena… 😦 )

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Aunque nosotras no pudimos hacer una tercera ruta, nuestros compis viajeros sí que hicieron el circuito de Cachoeira da Fumaça y nos han contado que fue bastante increíble. Un salto de agua de más 300 metros y unas vistas durante la caminata que merecen mucho la pena. También nos han recomendado muy mucho hacer la ruta del Vale do Patí, entre 3 y 5 días de caminata y acampada hacia el interior del parque. Queda anotado para la próxima visita.

Y entre poços y cachoeiras, piedras y baños muchas risas. Han sido tres días intensos en un hostel medio hippie medio ruinoso con un dueño que se podría catalogar igual; un guía gracioso y alocado poco amigo de las normas y los caminos establecidos; un motorista tunning al estilo brasileño que nos ha llevado por caminos de piedras, tierra, baches, agujeros negros y profundidades varias sin perder nada más que un espejo retrovisor; hamacas reparadoras y picaduras de mosquitos varios que me durarán meses.

¿Cómo no voy a adorar este país?

Salvador de Bahía e Praia do Forte

Cuando estás a unas cuantas horas de coger un avión a Salvador de Bahía y te dicen que hay huelga de policía, digamos que te pones a pensar un poquito más en lo que significa estar en Brasil. Teníamos por delante 5 días de vacaciones y se acercaba la tormenta de la inseguridad. Pero como yo no soy de las que le gusta mantener el misterio hasta el final, os avanzo ya que volvimos a São Paulo sanos y salvos y habiendo disfrutado mucho (muchísimo) de Bahía.

Llegamos al aeropuerto un poco después de las 11 y allí nos esperaban Cassio y su hijo para trasladarnos al hostel. El mundo de los taxistas y motoristas (=conductores) en este país es un aparte y en cada coche que subes te espera un personaje nuevo. Cassio era uno de los que tienen historias que contar y como buen brasileiro nos dijo “fica tanquilo, a cidade não tem problema”. Las calles vacías y las vallas delante de cada establecimiento decían otra cosa. El resto de viajeros nos esperaban en el FDesign [muy recomendable si alguna vez vais a Salvador] con una cerveza en la maravillosa terraza con vistas al mar de la Bahía y las primeras risas.

Por la mañana, a pesar de las malas indicaciones de un recepcionista somnoliento y las negativas de varias agencias de salir con ocho blanquitos por una ciudad sin policía, conseguimos un tour en furgoneta por Bahía y al encantador Roberto Carlos como guía. Un día nos bastó para ver el encanto de Salvador. Como dirían aquí “Adorei!”. Iglesias cada 50 metros (parece que todas las congregaciones religiosas europeas desembarcaban en este puerto), calles llenas de color, unas playas urbanas que no lo parecían, parques de vegetación exuberante y muchos menos acosadores de turistas que habitualmente consiguieron que nos enamoráramos enseguida.

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En la Cidade Alta está el conocidísimo Pelourinho, colorido, atrayente y con un encanto difícil de describir, con miles de calles donde te apetece perderte. También el Terreiro de Jesús con su Catedral Basílica; la Praça Municipal (antigua sede política del Brasil colonial) con sus vistas a la bahía y el elevador Lacerda (da lugar a muchas bromas, si) que permite llegar desde la parte baja de la ciudad sin sufrir sus interminables cuestas; la iglesia y convento de San Francisco, con tanto pan de oro recubriendo los ornamentos que impresiona, pinturas que te miran allá donde vayas y el patio revestido de azulejos pintados a mano y con mensajes de los que te hacen pensar.

En la Ciudad Baja está el Mercado Modelo, lleno de artesanía y artículos diversos por los que regatear y aún así sentir que te han visto la cara de turista y estás pagando más de lo que valen. También el barrio de Barra, mirando al mar y con un bonito Faro que     nos permitió disfrutar de un tranquilo pero nublado atardecer. Visitamos al otro lado de Salvador la Igrexa do Bom Fim que tiene en su verja miles de cintas de colores atadas con tres nudos y tres deseos de creyentes y descreídos. Y la heladería Ribeira, la mejor de la ciudad dicen, donde la tabla de sabores es tan larga y los helados tan grandes que realmente cuesta decidir.

Imagen¡Y todo eso sólo en el primer día de viaje! El último decidimos dedicarlo a descansar e ir hasta Praia do Forte, a una hora y veinte más o menos de Salvador. Un lugar típicamente turístico, con terrazas, calles limpias, cuidadas y llenas de tiendas y unas playas que te dan ganas de vivir allí.

Después de un desayuno reponedor entramos al Projeto Tamar dedicado a salvar (con bastante éxito) cinco especies de tartarugas marinhas en Brasil. Hay varias piscinas donde nadan los diferentes tipos de tortugas de todos los tamaños y varios paneles y espacios que explican toda la labor que realizan de conservación en la costa brasileña.

Desde ahí y después de la lluvia de rigor, prácticamente caímos rendidos en la playa, con nuestros sucos, nuestra sombrilla y kilos de crema solar que no pudo evitar que acabáramos como gambas. Tras la tarde de baños, siesta y paseos entre las rocas y las palmeras, una merienda – cena en un patio con música en directo cogimos el último autobús de vuelta a Salvador.

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Las últimas horas del viaje fueron intensas, no podía ser de otra manera. Una habitación doble para ducharnos ocho, el ejército patrullando con metralletas las afueras del centro comercial, una furgoneta de tripulación aérea que nos llevó al aeropuerto por un módico precio y varias horas tirados en la terminal antes de coger el vuelo que nos llevó directamente a la oficina a sufrir un día muuuy largo. Pero mereció la pena.

Más Info:

– Turismo en Bahia: http://bahia.com.br/es/

Lollapalooza

Ir de festival mola. Ya casi no me acordaba de lo que era pasarse horas de pie, bebiendo cerveza y escuchando música entre la multitud. Es verdad que ya no estoy para pasarme tres días metida en una tienda de campaña y duchándome si toca con agua más que fría, pero como diría un brasileiro: olha, o Lollapalooza foi muito legal!! Bastante genial en realidad.

Precio asequible y cartelazo de bandas internacionales. Circuito de Interlagos, Brasil y un día espléndido. ¿Qué más se pude pedir?

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Es verdad que un concierto a las 2 de la tarde con 30º es sólo apto para los más fans, pero Capital Cities estuvieron genial. Cada vez me gustan más y tuvieron un final de concierto que era digno de haber sido a las 12 de la noche y para (más) miles de personas. Y luego Cage The Elephant, not my favourite, pero estuvo bastante bien. Y ese show final escalando la torre y andando por el techo de la carpa, digno de una superstar…

Julian Casablancas (The Strokes) también me dejó gratamente sorprendida, la verdad es que no le había escuchado en absoluto y mereció la pena arrastrarse de nuevo hasta el palco Skol para verle. Imagine Dragons, geniales! Me da pena no haberlo podido disfrutar más, pero estábamos muy arriba en la colina y el sonido llegaba mal, pero gran actuación. Nine Inch Nails, demasiado oscuros para mí a las 8 de la tarde.

Y de lo mejor del día, como era de esperar: Phoenix. Me encantó el concierto, los tíos se lo curraron un montón, Thom Mars se tiró al público y voló sobre las manos de la gente un buen rato. Un sonido perfecto y de esos que consigue contagiarte la euforia. Y Muse. Para los superfans, seguro que no tengo que decir nada. La voz de Matt Bellamy igual no era la mejor pero desde luego son un espectáculo. La noche no podía haber acabado mejor.

LOLLAPALOOZA Brasil 5 de abril

[lista de reproducción]

Y todo esto sólo en dos escenarios. Había otros dos palcos donde me perdí a Lorde, Café Tacvba, Disclosure y varias bandas brasileiras con pintas de ser buenas como Nação Zumbi, ¡pero es que no había tiempo! Y más el domingo: Vampire Weekend, Arcade Fire, Soundgarden, Ellie Goulding, New Order…

La organización y el sitio perfectos. A pesar de que haber 70.000 personas en el autódromo, las colas avanzaban rápido, los baños estaban presentables, había buen ambiente, sitio para tumbarte a descansar un rato en el césped, alternativas de actividades a los conciertos y buena comunicación con el transporte público.

ME HA ENCANTADO! Y la temporada no acaba más que de empezar. Creo que São Paulo va a conseguir resarcirme de mi último año de sequía musical en Madrid.

Inglés, a pesar de todo

Es curioso cómo todo lo que vas aprendiendo a lo largo de la vida se acumula en tu poca o mucha cabeza y se atropella por salir en los momentos que lo necesitas. Últimamente he tenido varias conversaciones sobre la educación y los idiomas (menos mal que variando la típica discusión de si el gallego es una lengua útil y el bilingüismo politizado) y me he dado cuenta de que, a pesar de todo, la gente de mi generación tenemos el inglés bastante interiorizado.

Digo a pesar de todo, porque está claro que durante mi época de estudiante, la metodología para aprender el llamado idioma universal no era la mejor. Mi profesora de inglés en primaria dejaba mucho que desear en cuanto a pronunciación y gramática. En los años de instituto mejoró un poco (poco) y en la universidad, aunque tenía una carrera muy propicia para aprender otros idiomas, no había ninguna posibilidad de que éstos estuvieran incluídos en el plan de estudios.

Pero a fuerza de academias, clases particulares, muchas series y películas en versión original y estancias varias en Reino Unido y Canadá, el inglés se ha hecho hueco en mi mente. Mi nivel no es advance ni mucho menos, y la verdad es que me arrepiento de no haberlo intentado con más ahínco.

Desde que estoy en Brasil tengo clases de portugués y día a día intento hacerme con los verbos, la pronunciación y la forma típica de expresarse aquí, pero inevitablemente me falta todavía mucho para dominar el idioma. Durante este proceso, me ha sorprendido que cuando intento explicar algo o hablar de algún tema y me faltan las palabras, el término adecuado en inglés aparezca automáticamente en mi cabeza. En algunos casos incluso antes que el castellano.

Es verdad que el que estemos rodeados de países que hablan español ayuda a encontrar la palabra correcta en muchos casos, o por lo menos, ayuda para hacerte entender. El gallego me da muchas pistas y ya he perdido la cuenta de las palabras que se dicen igual, parecidas o tienen la misma raíz en ambos idiomas. Pero cuando todo eso falla: ahí está el inglés para sacarte del aprieto. Aunque no uses bien el condicional y los phrasal verbs sigan siendo un misterio, al final, tenemos un montón de vocabulario aprendido e interiorizado que sin apenas darnos cuenta. O por lo menos en mi caso.  

Cuanto más me muevo por el mundo y más gente conozco, más valoro el saber otras lenguas y tener conocimientos de varios idiomas. Los colegios bilingües me parecen una maravillosa opción para facilitar el camino a las nuevas generaciones. La gente que desde pequeña puede hablar indistintamente en dos idiomas (sin importar la utilidad o inutilidad de ellos) es capaz de desarrollar un capacidad muy útil en el futuro aprendizaje de otras lenguas, asique no seamos cerrados de mente.

Y cuanto más valoro todo esto, más pena y más rabia me da que los gobiernos de unos y otros colores le den tan poca importancia a la educación y provoquen que una buena formación en idiomas sólo sea alcanzable para aquellos que puedan permitirse una matrícula en centros privados y academias de idiomas varias. Viendo los problemas e incongruencias de la educación en Brasil (eso es un tema aparte para otro post reivindicativo) me reafirmo en la idea de que un país nunca tendrá futuro si su población es ignorante, que los que sólo buscan su propio beneficio se aprovechan de los que no saben leer ni las líneas ni entre ellas. Y eso es lo que está pasando también al otro lado del Atlántico.

 

Cerebro Bilingüe_ La Vanguardia

El mapa del cerebro bilingüe_ El Mundo

Carnaval en Rio

¿Sabes esas listas de cosas que todo el mundo quiere hacer al menos una vez en la vida? Cosas del tipo: ver atardecer/amanecer en una playa desierta y paradisiaca, tirarse en paracaídas, pasar un Carnaval en Rio de Janeiro… Pues esto último: Check! (esto es postureo). Estando en Brasil no podía desaprovechar la oportunidad de ver cómo se celebra una de las mayores fiestas del mundo, asique desde casi el día que llegué estaba previsto “pular Carnaval no Rio”.

Siempre me ha hecho mucha gracia la manida frase Spain is different cuando se aplica a las peculiaridades varias de nuestro amado reino. En el caso de Brasil, creo que no hay ninguna frase que logre resumirlo. Ya lo he dicho y lo repetiré siempre: lo de este país es increíble. En todos los sentidos.

Los aviones estaban caros, asique el bus se planteaba la mejor opción para hacer el viaje y llegar a una hora más o menos aceptable para dormir y empezar al día siguiente con fuerza. Ese era el plan. Pero se topó de frente con que la estación de autobuses de Rio es demasiado pequeña para tamaño acontecimiento y nos pasamos 3 benditas horas para recorrer los apenas 500 metros que separaban el mega-atasco de la entrada de la estación. Una de las frases más repetidas durante ese tiempo fue “Imaxina na Copa”, pero a eso le dedicaremos otro post.

Superada la primera prueba llegó el sábado de Carnaval, que llamaremos ‘En busca del bloco fantasma’. La fiesta en Rio acontece a todas horas, pero desde bien temprano por la mañana empieza a haber ambiente. Los blocos de rua recorren las calles con todo tipo de música (camiones, bandas en directo, charangas) y se les va sumando todo el que quiera para disfrutar de la samba y la 

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muchedumbre. Uno de los más conocidos es Bola Preta, ese que intentamos alcanzar y que nunca llegamos a ver… (el bloco son los padres). Menos mal que Ipanema nos permitió ver pasar a su Banda y vivir el Carnaval más auténtico. Y para rematar la tarde, 

caipirinha en la playa, con el Pão de Açúcar al fondo, ¿se puede pedir algo más? 

Bloco Cordão do Bola Preta 

 

El domingo lo vamos a titular ‘Copacabana y el sambódromo’. ¿Qué hay más conocido en Río que sus playas y las escolas de samba? Vale, el Cristo Redentor, pero no era finde de turisteo, asique nos pasamos la mañana disfrutando de la enorme playa de Copacabana (otro check postureo de la lista) y por la noche nos fuimos a ver el espectáculo. Por 40R$ entramos al Sambódromo, nos sentamos en el Sector 13 y vimos el desfile. Merece la pena la experiencia. No lo vives tan intensamente como los locales ni eres superfan de una escuela, pero verlo es emocionante. Cada escuela cuenta como una historia a través de coreografías, carrozas, música y las fantasías.

 Carnaval 2014 – Escolas de samba 

El lunes fue el día de ‘Aguanta o muere’. Recién levantados y desayunados nos pusimos camino al bloco Sargento Pimenta, también uno de los más conocidos de Rio y que hace versiones de canciones de los Beatles. Una fiesta vamos. Todo el día de música y aire libre, cena en una terracita al lado de la Escadaria Selaron y luego de fiesta por Lapa. Además de ser el barrio bohemio (y turbio) por excelencia de la ciudad tiene una interesante colección de bares, discotecas y garitos varios donde pasar la noche, la madrugada y hasta que el cuerpo aguante, o te echen del local, lo que ocurra antes.

Bloco Sargento Pimenta

Es muy difícil resumir el Carnaval en pocas palabras. Hay gente, mucha gente, demasiada gente por todas partes. Disfraces inverosímiles. Abundan los gringos, extranjeros y turistas en general. La fiesta parece que no acaba nunca y, de hecho, creo que es así, a todas horas, en cualquier lugar podrás encontrar música, bebida y fiesteros. Se bebe mucho y se come cuando y como se puede. Hablas con todo tipo de personas, de todo tipo de cosas y casi en cualquier idioma que puedas manejar mínimamente. Hay amor, mucho amor.

Es intenso. 

De playa en playa

Brasil tiene alguna de las mejores playas de mundo. En cualquier guía o lista que busques las imágenes paradisíacas de este gran país están presentes y es que con más de 7400 km de costa y en pleno ecuador es muy difícil no encontrar “la playa perfecta”. Yo, de momento, no he decidido cuál es la mía, pero la intención es ver las más posibles en los meses que estaré a este lado del Atlántico.

Con el ajetreo de la llegada, la búsqueda de piso y aclimatarse a la nueva vida, no me quedaba mucho tiempo libre en las primeras semanas paulistas, pero por algo los becarios tienen fama de currantes: se saca tiempo de dónde sea para planear un “finde” de playa. Para los primeros intentos escogimos lugares cerquita de São Paulo: Bertioga y Camburi.

Bertioga

Desde que te bajas del ônibus y sorteas la primera calle de tiendas, lanchonetes y souvenirs varios llegas al paseo marítimo. Largo y en obras, como todo buen paseo que se precie. A un lado una larguísima playa llena de sombrillas y al otro hileras de casas, edificios de apartamentos y (pocos) hoteles. Si de repente te teletransportaran y te encontrases allí, podría ser Brasil o Benidorm. Pero lo bueno que tiene este país es que tras caminar dos calles o moverte de barrio, parece que has entrado en otro mundo.

Cogimos la “balsa” (una especie de ferry para coches y pasajeros) que gratuitamente te lleva desde Bertioga hasta la isla donde se encuentra Prainha Branca. Después de un estupendo y cuesta arriba paseo de 3km ves esto:

Vista desde el camino

… y sabes que te espera algo bueno. Poca gente, un par de chiringuitos, música y muchos surferos es lo primero que te llama la atención antes de fijarte en la inmensidad del mar y la gran playa donde vas a pasar el día. Y el día se pasa entre baños, vuelta y vuelta en la toalla, paseos y esperar como una eternidad para que te sirvan unos camarões y una cerveza a la sombra. Luego más baños y sol (demasiado) y vuelta a Bertioga en lancha. El viaje no es precisamente tranquilo, las olas y la velocidad hacen que te botes y rebotes, pero merece la pena pagar los 10R$ que cuesta el transporte.

Puerto de Bertioga  Camburi

Otro ambiente. Playas menos bonitas quizás, pero el pueblo mucho más acogedor. Una calle, con bares, restaurantes y tiendas a ambos lados, caminos que llevan hacia la playa cada 200 metros, mucho verde y mucha tranquilidad.

El único problema de este fin de semana fue que llovió torrencialmente los tres días y que no pudimos disfrutar como se merece. Pero hemos prometido volver porque merece mucho la pena. Asique en la próxima visita, ya os contaré.

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Curiosidades:

El agua está caliente. Si, tal cual, caliente. Cuando metí el pie pensado en refrescarme un poco, de repente me encontré con el Mediterráneo en vez de con el Atlántico.

La sombrilla es fundamental, repito fun-da-men-tal. Si no, corres el riesgo de ser el típico “guiri” al que todo mundo mira a la hora de la cena porque su pies está más roja que las gambas del plato. Hay apartamentos y hoteles que tienen su propio espacio con sombrillas para los huéspedes en la playa. La otra opción es pedir algo de beber o de comer en los puestos y chiringuitos y pedirla.

Busca y rebusca para encontrar alojamiento. Por el mismo precio, un apartamento de dudosa higiene, un colchón y unas sábanas que era mejor no mirar y llevando tus propias toallas de baño o un apartamento medianamente aseado, con camas cómodas, toallas limpias y unas zonas comunes que parecían de hotel de 5 estrellas.

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