Salvador de Bahía e Praia do Forte

Cuando estás a unas cuantas horas de coger un avión a Salvador de Bahía y te dicen que hay huelga de policía, digamos que te pones a pensar un poquito más en lo que significa estar en Brasil. Teníamos por delante 5 días de vacaciones y se acercaba la tormenta de la inseguridad. Pero como yo no soy de las que le gusta mantener el misterio hasta el final, os avanzo ya que volvimos a São Paulo sanos y salvos y habiendo disfrutado mucho (muchísimo) de Bahía.

Llegamos al aeropuerto un poco después de las 11 y allí nos esperaban Cassio y su hijo para trasladarnos al hostel. El mundo de los taxistas y motoristas (=conductores) en este país es un aparte y en cada coche que subes te espera un personaje nuevo. Cassio era uno de los que tienen historias que contar y como buen brasileiro nos dijo “fica tanquilo, a cidade não tem problema”. Las calles vacías y las vallas delante de cada establecimiento decían otra cosa. El resto de viajeros nos esperaban en el FDesign [muy recomendable si alguna vez vais a Salvador] con una cerveza en la maravillosa terraza con vistas al mar de la Bahía y las primeras risas.

Por la mañana, a pesar de las malas indicaciones de un recepcionista somnoliento y las negativas de varias agencias de salir con ocho blanquitos por una ciudad sin policía, conseguimos un tour en furgoneta por Bahía y al encantador Roberto Carlos como guía. Un día nos bastó para ver el encanto de Salvador. Como dirían aquí “Adorei!”. Iglesias cada 50 metros (parece que todas las congregaciones religiosas europeas desembarcaban en este puerto), calles llenas de color, unas playas urbanas que no lo parecían, parques de vegetación exuberante y muchos menos acosadores de turistas que habitualmente consiguieron que nos enamoráramos enseguida.

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En la Cidade Alta está el conocidísimo Pelourinho, colorido, atrayente y con un encanto difícil de describir, con miles de calles donde te apetece perderte. También el Terreiro de Jesús con su Catedral Basílica; la Praça Municipal (antigua sede política del Brasil colonial) con sus vistas a la bahía y el elevador Lacerda (da lugar a muchas bromas, si) que permite llegar desde la parte baja de la ciudad sin sufrir sus interminables cuestas; la iglesia y convento de San Francisco, con tanto pan de oro recubriendo los ornamentos que impresiona, pinturas que te miran allá donde vayas y el patio revestido de azulejos pintados a mano y con mensajes de los que te hacen pensar.

En la Ciudad Baja está el Mercado Modelo, lleno de artesanía y artículos diversos por los que regatear y aún así sentir que te han visto la cara de turista y estás pagando más de lo que valen. También el barrio de Barra, mirando al mar y con un bonito Faro que     nos permitió disfrutar de un tranquilo pero nublado atardecer. Visitamos al otro lado de Salvador la Igrexa do Bom Fim que tiene en su verja miles de cintas de colores atadas con tres nudos y tres deseos de creyentes y descreídos. Y la heladería Ribeira, la mejor de la ciudad dicen, donde la tabla de sabores es tan larga y los helados tan grandes que realmente cuesta decidir.

Imagen¡Y todo eso sólo en el primer día de viaje! El último decidimos dedicarlo a descansar e ir hasta Praia do Forte, a una hora y veinte más o menos de Salvador. Un lugar típicamente turístico, con terrazas, calles limpias, cuidadas y llenas de tiendas y unas playas que te dan ganas de vivir allí.

Después de un desayuno reponedor entramos al Projeto Tamar dedicado a salvar (con bastante éxito) cinco especies de tartarugas marinhas en Brasil. Hay varias piscinas donde nadan los diferentes tipos de tortugas de todos los tamaños y varios paneles y espacios que explican toda la labor que realizan de conservación en la costa brasileña.

Desde ahí y después de la lluvia de rigor, prácticamente caímos rendidos en la playa, con nuestros sucos, nuestra sombrilla y kilos de crema solar que no pudo evitar que acabáramos como gambas. Tras la tarde de baños, siesta y paseos entre las rocas y las palmeras, una merienda – cena en un patio con música en directo cogimos el último autobús de vuelta a Salvador.

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Las últimas horas del viaje fueron intensas, no podía ser de otra manera. Una habitación doble para ducharnos ocho, el ejército patrullando con metralletas las afueras del centro comercial, una furgoneta de tripulación aérea que nos llevó al aeropuerto por un módico precio y varias horas tirados en la terminal antes de coger el vuelo que nos llevó directamente a la oficina a sufrir un día muuuy largo. Pero mereció la pena.

Más Info:

– Turismo en Bahia: http://bahia.com.br/es/

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