De sucos, ônibus e polícia militar

Si alguien me hubiera preguntado hace tres meses “¿quieres un zumo de fresa, naranja y leche condensada?” no sé si mi cara hubiera podido transmitir mi perplejidad: “Eeeeh… perdona, ¿un zumo de qué?”. Desde que vivo en este país, me parece hasta un zumo ligerito. La variedad de sucos, sorvetes, vitaminas y granizados es inmensa, igual que la variedad de frutas. ¿Y el sabor? ¡Esto es otro mundo! Hablar de cómo saben las cosas aquí da para otra actualización, pero es que lo de las frutas es increíble. Y por rara que sea la combinación (con leche, con hielo, con cereales, de melón, de piña, de mora, etc.) todavía no he encontrado uno que no me  haya gustado.

Esto viene a que fue mi merienda antes de subirme en el bus que nos llevaba a la playa a pasar el fin de semana. Y prometo que fue suficiente para aguantar el viaje, largo, cansado y tortuoso. Si bien es verdad que a Brasil le queda mucho por desarrollar en cuanto a infraestructuras, los ônibus son extrañamente confortables y baratos para viajar. Un par de cosas le contaría yo a los de ALSA… Trayecto de unas 3 -4 horas, por autopista y carretera normal, ida y vuelta: unos 28 euros. Asientos que se reclinan mucho, espacio suficiente entre ellos para estirar las piernas y para no molestar a la persona que se siente al lado, cinturones de seguridad y portaequipajes interiores donde caben las maletas. El primer mundo de los autobuses, vamos. Eso si, el aire acondicionado no tiene término medio y no hay pantallas, pero merece la pena viajar así cuando puedes ir cómodo.

Merendada y acomodada en el bus me dispongo pacientemente a comenzar viaje [me rio yo de las “operación salida” de la DGT, que intenten organizar la circulación de un viernes tarde de verano con lluvia torrencial para una ciudad de 20 millones de habitantes]. Y entonces se acerca por el pasillo un hombre que mide como 1,90, tiene una espalda que ocupa como todo el ancho del pasillo y va con su uniforme, su chaleco antibalas, su porra y su pistola. Y se sienta a mi lado. Policía Militar que acaba de salir de trabajar. Lo que pienso mientras me acomodo como puedo pegadita a la ventana es que “por lo menos en este viaje no me roban”.

Después de cinco horas de lluvia sin cesar, dormir un par de siestas y haber escuchado ya mis canciones favoritas en el MP3 siento un roce en la mano… el acto reflejo me hace apartarla y moverme un poco pensando que el representante del orden local no cabe bien en su asiento. A los 2 segundos vuelvo a notar que me agarran el meñique y entonces abro los ojos para verle sonriéndome e intentando hacer manitas.

Menos mal que tenía azúcar suficiente en el cuerpo e iba descansada para que me hiciera gracia. Lo de este país es increíble.

sucos

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